Rodo Padilla creció en el taller de cerámica de su padre en Tlaquepaque. Se aburría. No quería continuar esa tradición.
Estudió ingeniería industrial, viajó por el mundo con su mochila y tomó decisiones que nadie hubiera anticipado. Una de ellas lo llevó a Japón — no por vocación, sino por una beca de gobierno que incluía la única opción disponible: ingeniería cerámica.
Ahí empezó todo. El reencuentro inesperado con el barro, con las formas, con el oficio que había rechazado — y que terminaría por definirlo.